Hasta mediado de la década de los años setenta la Bachata o Canción de amargue, era un género marginal cultivado preferentemente por el lumpen proletariado de la zona de Mono Mojao, en el nom sancto barrio de Villa Consuelo.
La conducta de exclusión de su auditorio dejaba siempre en claro que estábamos
frente al más bajo escalón de la pirámide social: Chulos de larga data con
el pene tatuado, mordidos de dolor en la trabazón ingrata de una ofensa imaginaria
que el cantor dibuja, y que él asume como propia. Putas adormiladas, sin edad,
desgañitándose en medio de la noche, cantando a voz en cuello el último desaire,
la última e intransferible pena de amor, Policías y guardias en uniformes,
o burdamente camuflajeados, macuteros y rencorosos, mirando los parroquianos
con el rabo del ojo y con un aire de superioridad. Alguaciles de las madrugadas
todavía con el traje azul celeste y la corbata de la vergüenza que usan para
llevar con decoro la citación de desalojo. Ladrones pudorosos que esperan
la madrugada para no importunar a sus victimas etc.
Como paradigma social el público que consumía la Bachata o Canción de amargue,
estaba muy lejos del modelo ideal de disfrute estético de la pequeña burguesía,
‘ y como el arte es una especie de sismógrafo que registra las menores variaciones
del estado espiritual predominante, la sociología del gusto debería explicarnos
de qué forma la Bachata o Canción de amargue se vino a situar con dignidad
en medio de la preferencia del público dominicano. La relación del hombre
con las cosas, sus valoraciones éticas y sus preferencias sentimentales, parecen
flotar incondicionadas en el mundo de la espontaneidad, pero incluso la espontaneidad
se condiciona.
A mi modo de ver, la Bachata o Canción de amargue saltó por encima de su condición
social con motivo de la crisis de la pequeña burguesía. La primera relación
fue paródica,, es decir, burlesca,, nítidamente distanciada de las aspiraciones
de disfrute estético de la pequeña burguesía, y se difundió como tal a partir
de los pintorescos modelos de “artistas” que desde el barrio de mono mojao
saltaron a la radio nacional con la inauguración y apogeo de Radio Guarachita.
Música de chopas, guardias y choferes del concho, la relación entre la metáfora
y la vida era tan brutal que no habla espacio para el lánguido sueño del pequeño
burgués. La recepción era,, pues, paródica. risueñabenévola. Y sin embargo,
mordido en los engranajes de los acontecimientos,, la pequeña burguesía que
se había constituido como colchón social desde mediado de los años sesenta,
retrocedía inexorablemente. Lo que el pequeño burgués perdía sin remedio era
su capacidad de reposición de sus bienes de consumo. No era posible ya, a
la altura de la década de los ochenta, reponer con tranquilidad el carrito,,
la nevera, los gustos de primera y el viajecito de vacaciones.
Retrocediendo, la tramposa cursilería del bachatero. se encaramé de un brinco
en la imagen y valoración de un mundo cuyas normas de vida lo rechazaban.
De lo paródico se pasó a la representación, y a la risa que producía el amelcochamiento
del añoñaito o de José Manuel Calderón (el mismo de las Tres Rosas), le sucedió
la concepción de sí mismo como representación espiritual del séquito de los
desplazados. Del Borojol de soneros y muelleros encallecidos, del barrio alevoso
de Villa Consuelo, siempre con la puñalada a flor de piel; de los sórdidos
salones del bar El peje que luma el mismo en que mataron a “Túgamo”, un tíguere
de leyenda que combatió en la guerra de abril de 1965), la canción de amargue
o Bachata, se coló, destilando fidelidad absoluta, en los salones menguados
de la resbalante pequeña burguesía dominicana.
Proyectada sobre el fondo de la aventura espiritual de la pequeña burguesía,
la Bachata o Canción de amargue sube en la misma medida en que esta última
baja. Y ahora la oímos en la radio sin rubor, pulsada por intérpretes que
se alejan del paradigma originario, oronda en escenarios internacionales suspendida
de una melopea que es su historia, la del desgarramiento marginal, y el despelote
sin cuento del pequeño burgués.
Como la sociología dominicana ya no estudia nada,, yo escribo estas observaciones
fundado en un cierto linaje bachatero. En mis años de estudiante en el Juan
Pablo’ Duarte, presenté por primera vez, en un acto que habíamos organizado
un 14 de febrero, a José Luis Encarnación (¡Ay mi vida! tú tienes toda la
culpa no has logrado comprender... etc ). Y puedo asegura que más de una vez
me monté en la cola del motor en el que él encontró la muerte. Sin alardes,
me paré tantas veces en la tiendecita de discos que tema José Manuel Calderón
en Villa Consuelo, que se me puede considerar accionista espiritual del negocio.
Y por último, troté en las madrugadas con Luis Díaz y Víctor Víctor, hasta
terminar en el Danubio Azul, de la Hermanos Pinzón, para oír a un tipo encimado
por sobre la guitarra, cantando sus penas verdaderas, mientras le golpea el
costillar al diapasón de madera.
4/6/93
Fuente: Biblioteca Nacional Pedro Henriques Ureña
http://www.bnrd.gov.do/
