Etapa: La represión no fue tan dura
El periodo de los 10 años

El tono autoritario de Balaguer dejó su impronta en las decisiones oficiales

   
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Juicio post morten


En esos años hubo, no hay dudas, algunas diferencias con el gobierno de los doce años; la represión no fue tan dura y los militares no fueron utilizados para forzar la adhesión política al gobierno. Los guardias permanecieron en sus cuarteles y hasta se sabe que núcleos castrenses importantes mantuvieron discretas relaciones con los principales candidatos opositores, tanto en las elecciones de 1990 como en las de 1994. Pero el tono autoritario de Balaguer dejó su impronta en todas las decisiones oficiales.

El aumento de la devaluación del peso dominicano en relación al dólar, con la consecuente alza del costo de la vida, así como la aguda escasez de la gasolina, contribuyeron a fortalecer en 1990 la candidatura presidencial de Juan Bosch que era entonces la principal de las fuerzas de oposición. Pero el resultado oficial de las elecciones arrojó una apretada ventaja para Balaguer, que el PLD y otros sectores calificaron de "un fraude escandaloso".
Balaguer siguió impertérrito y en ese segundo periodo (1990-1994) se presentaron al Congreso, con el auspicio de importantes sectores económicos del país, los primeros proyectos de reforma fiscal. El PRD había logrado compactar sus fuerzas bajo la dirección del doctor José Francisco Peña Gómez y obtenido el apoyo de varios partidos minoritarios, con lo cual alcanzó un amplio triunfo en las elecciones del 16 de mayo de 1994.

En esos días ocurrió un hecho criminal, que sigue la huella de muchos ocurridos en la etapa sangrienta de los doce años. El periodista y profesor universitario Narciso González formuló duras críticas contra el gobierno y algunos jefes militares a propósito del resultado de las elecciones, que a su juicio fueron fraudulentos. González fue apresado por desconocidos en plena calle y a pesar de las numerosas protestas de la opinión publica y las gestiones de su esposa y compañeros de trabajo, nada más se ha vuelto a saber de él. El caso ha llegado hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, pero los esfuerzos de ese organismo ni las investigaciones que ha hecho la justicia dominicana han logrado desentrañar qué suerte corrió el profesor de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Los sectores oficialistas intentaron nuevamente adulterar el resultado de las votaciones y presentar al doctor Balaguer como el triunfador. Pero la encendida protesta nacional y la fuerte presión internacional (Organización de Estados Americanos (OEA), otros grupos de observadores internacionales y el gobierno de Estados Unidos) forzaron a un acuerdo en que ambas partes, Balaguer y el PRD, hicieron concesiones para -con la activa participación del PLD, la Iglesia Católica y diversas entidades de la sociedad civil- limitar a sólo dos años (1994-1996) el periodo que Balaguer decía haber ganado. Ese acuerdo establecía modificar la Constitución vigente para prohibir la reelección sucesiva a fin de que Balaguer no pudiera ser candidato; fijaba en 50% más un voto la cantidad necesaria para ganar las elecciones presidenciales y si ningún candidato alcanzaba esa votación, irían a una segunda ronda de votaciones los que hubieran quedado en primer y segundo lugares; convocar las elecciones presidenciales -separadas desde entonces de las legislativas y municipales- para el 16 de mayo de 1996 y, en caso de que se requiriera, celebrar la segunda ronda de votaciones 45 días después de la primera.

El PRD postuló otra vez al doctor Peña Gómez; el PLD al doctor Leonel Fernández, quien antes había ido cono candidato vicepresidencial junto a Juan Bosch y el Partido Reformista a Jacinto Peynado, compañero de fórmula de Balaguer en 1994. En la primera vuelta, ninguno de los candidatos obtuvo el 50% más uno de los votos y en la segunda vuelta participaron Peña Gómez y Fernández.

Entonces se produce el vuelco sorpresivo que todavía pocos meses antes nadie hubiera podido imaginar: el PLD y el PRSC forman el Frente Patriótico para enfrentar la candidatura de Peña Gómez y de este modo, con el apoyo decisivo de Joaquín Balaguer, Leonel Fernández obtiene el triunfo y el partido morado ocupa por primera vez el Palacio Nacional.

Antes de que se formara el Frente Patriótico, el doctor Peña Gómez envió al doctor Balaguer una carta donde elogia su papel en el mantenimiento de las instituciones democráticas; y después, con el respaldo tanto del PRD como del PLD, el Senado aprueba una moción del PRSC que lo declara "Padre de la Democracia".

El arbitro de la política
Esta revalorización de la figura del líder reformista por parte de sus antiguos adversarios, las alabanzas incesantes a su "sabiduría" y a su "ponderación y su equilibrio", aunque obviamente interesadas y cada quien procurando arrimar la brasa a su sardina, convirtieron al caudillo conservador en el árbitro de la política y a su residencia de la avenida Máximo Gómez en el cenáculo mayor al que concurrían en busca de consejo (o de apoyo) los aspirantes a las más altas posiciones públicas.

En las elecciones congresionales y municipales del 16 de mayo del año 2002 -muy parecido a lo sucedido en las de medio término de 1998 y en las presidenciales del 2000- los que antes lo denostaban estuvieron rondando a Balaguer, halagándolo y encomiándolo, en busca de una alianza que nunca se produjo. Más que el número de cargos legislativos obtenidos, esa debe haber sido la victoria que más satisfizo al escritor y político nacido en Navarrete que fue siete veces presidente de la República.

  Juicio post morten

Para enjuiciar serenamente personajes y sucesos es necesario que el tiempo pase y actúe como cedazo sobre admiraciones y odios distorsionadores. Joaquín Balaguer acaba de ausentarse de este mundo después de agotar una vida de actividades públicas respaldadas por unos y vituperadas por otros. Es prematuro ofrecer ahora el balance que habrá de darnos su puntuación histórica definitiva, pero aun así sostengo mi opinión, expresada hace algunos años, de que el hombre que acaba de morir es la figura dominicana más relevante de los últimos cien años.
Después de la desaparición de Trujillo, que trajo consigo la apertura de un conflictivo período de transición política, desembocamos en el breve ensayo democrático de Juan Bosch, interrumpido por un sector que pugnó por apropiarse del control del Estado y de los bienes relictos de la dictadura. Los que se consideraban herederos del poder, entre ellos muchos de los que respaldaron y adularon al tirano, auxiliados sordamente por los EEUU, le asestaron un golpe mortal a la naciente democracia dominicana. La reacción popular se tradujo en el sangriento conflicto de 1965, que determinó la absurda intervención de tropas norteamericanas, empeñadas en impedir la reposición del gobierno derrocado en septiembre de 1963.
En la contienda contra el interventor no contábamos con recursos para sostener tan desigual enfrentamiento, y como era de esperarse, fuimos vencidos. Joaquín Balaguer, escogido por los interventores como el hombre indicado para tender el puente que habría de llevarnos de una tiranía despiadada a un gobierno duro sin Trujillo, se hizo cargo de los resortes del mando, con el virtual compromiso de ser obediente al tutelaje político fuertemente anticomunista de Washington.
Mientras los Estados Unidos y la hoy desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas forcejeaban por el control político mundial, nuestro país disfrutaba de una paz y libertad vigiladas por fuerzas nacionales represivas, dirigidas por agentes extranjeros enquistados en nuestras organizaciones castrenses. Vivimos una docena de años estrechamente vigilados por nuestros celosos vecinos imperiales, que no toleraban desviaciones izquierdistas. Toda esa mancha cayó sobre Joaquín Balaguer, que bien podría aclararse, aunque jamás borrarse, con un detergente en cuya composición se mezclaran las circunstancias políticas imperantes y su innato amor por el poder.
Confieso que fui uno de sus más duros detractores desde todas las tribunas, pero andando el tiempo, ya liberado de pasiones, he llegado a la conclusión de que si ciertamente Balaguer se metió en un callejón sin salida, y sus errores tienen que imputárseles, es a condición de repartir gran parte de la responsabilidad de los mismos a quienes dominan este hemisferio en provecho de sus propios intereses.
Con el discurrir de los años, observamos que el líder desaparecido, colocado en un ambiente político ligeramente propicio, adoptó posiciones democráticas y nacionalistas que le abrieron campos internacionales más amplios a sus sucesores. Se me dirá, y no puede negarse, que actuaba casi siempre como un autócrata, y a ese reproche yo contestaría que realmente lo fue en numerosas ocasiones, dado que nuestro pueblo no tenía madurez política, y en circunstancias semejantes exigía dirigentes hábiles con experiencia sobre asuntos de Estado, aun adquirida en el violento régimen anterior.
Repito nuevamente que el activo y el pasivo que ahora computan las pasiones latentes de sus contemporáneos, solamente podrán ser valorados cuando el tiempo, con su rasero depurador, determine el sitio que le corresponde en la historia dominicana a éste hombre excepcional que acaba de emprender el viaje sin retorno de la muerte.